domingo, 17 de marzo de 2019

Real Madrid-Valencia, sábado 30 de junio de 1979.


Da igual que sea toda una final de copa, da igual que estemos en la antesala del segundo tanto del Valencia (un 2-0 que sentenció el choque y el título), al buen señor que se aprecia avanzando cachazudo en la esquina superior derecha (encima del defensor madridista) tres narices le importa: a él le han mandado que recoja las almohadillas -¡Qué tiempos aquellos en los que todavía llovían cosas sobre los terrenos de juego directamente certificadas desde el graderío!- y él cumple órdenes. Está dentro del campo, bastante, de hecho. Ya, pero él es un "mandao" y, después de todo, no interfiere en el juego. Y, aunque lo hiciera, ¿qué? No es más que un simple partido de fútbol, ¿no? Peor sería que un futbolista pisara una inoportuna almohadilla y se diera un buen morrazo...

En la actualidad, esto sería del todo imposible: el terreno de juego con el balón en ídem es ahora un recinto sagrado de la mercadotecnia y la pamplina que nadie jamás podrá profanar.

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