domingo, 17 de marzo de 2019

Real Madrid-Valencia, sábado 30 de junio de 1979.


Da igual que sea toda una final de copa, da igual que estemos en la antesala del segundo tanto del Valencia (un 2-0 que sentenció el choque y el título), al buen señor que se aprecia avanzando cachazudo en la esquina superior derecha (encima del defensor madridista) tres narices le importa: a él le han mandado que recoja las almohadillas -¡Qué tiempos aquellos en los que todavía llovían cosas sobre los terrenos de juego directamente certificadas desde el graderío!- y él cumple órdenes. Está dentro del campo, bastante, de hecho. Ya, pero él es un "mandao" y, después de todo, no interfiere en el juego. Y, aunque lo hiciera, ¿qué? No es más que un simple partido de fútbol, ¿no? Peor sería que un futbolista pisara una inoportuna almohadilla y se diera un buen morrazo...

En la actualidad, esto sería del todo imposible: el terreno de juego con el balón en ídem es ahora un recinto sagrado de la mercadotecnia y la pamplina que nadie jamás podrá profanar.

sábado, 2 de marzo de 2019

Real Madrid-Barcelona, sábado 27 de noviembre de 1982.


Bastan poco más de veinte segundos de gloriosa calidad VHS para volver a resumir lo que era aquel fúbol: un Madrid-Barça al que la mercadotecnía todavía no había bautizado como el Clásico, un terreno de juego en unas condiciones que producirían una crisis de ansiedad nerviosa a la mayoría de los finos peloteros de la actualidad (¡qué tiempos aquellos en los que los futbolistas terminaban los partidos hasta las cejas de barro!) y, sobre todo, la maestría de don Enrique.

Contragolpe culé que va a sentenciar el choque (0-2 en el minuto 42). El Lobito Carrasco sale como una exhalación, pero luego se lo piensa mejor, se para y se la da al que sabe. El señor Maradona controla, conduce y le sirve a Quini un buen balón (un balón prometedor, que dirían ahora). Otro habría intentado conducir y driblar al meta para marcar y encararse con el graderío rival.

Pero don Enrique sabía que ni el terreno de juego estaba para florituras ni la afición contraria para provocaciones. Lo hizo fácil (que es lo difícil): se la llevó y batió de certero mandoble de pie a un Agustín que salía (yo creo que un poco por salir). Luego, brazos al cielo -como dando gracias por lo bonito que es el fútbol- y lujazo en forma de achuchón de Maradona.

Don Enrique Castro Quini se fue demasiado pronto (las personas como él nunca deberían hacerlo) y dejó como herencia la admiración eterna de todos aquellos que se percatan de que las personas son mil veces más importantes que los colores. Poco delanteros habrá mejores que él, y ningún ser humano.

(Por cierto, éste es el primer Real Madrid-Barcelona que recuerdo haber visto. ¡Menudo berrinche me llevé con la derrota!)

domingo, 24 de febrero de 2019

Tottenham Hotspur-Atlético de Madrid, miércoles 15 de mayo de 1963.




La tragedia del gol en contra en una final resumida en 2 actos y 30 segundos. Por marco incomparable, el partido en el que se disputan la Recopa el vigente campeón Atlético de Madrid y los Spurs londinenses.

Ya están en ventaja de 1-0 los hijos de la Gran Bretaña cuando el calvo (en aquella época aún se podía vivir del fútbol con el cartón al aire) meta colchonero Edgardo Mario Madinabeytia Bassi (con un nombre tan vasco y tan italiano sólo se puede ser argentino) se traga el centro y la cosa termina en certero remate de un tal White (¡blanco, tenía que ser precisamente un blanco vestido de blanco!) Dos a nada. Madinabeytia descarga toda su impotente ira en forma de soberano sopapo contra el travesaño -quizás por no haber atraído como un imán al balón- mientras que Ramiro (creo que se trata de él), que sabe que el balón asesino le había pasado a centímetros de la cabeza y no fue capaz de desviarlo, se hunde de pura desesperación y se tira al suelo para echarse a llorar. Es una verdadera lástima que un gesto tan bello y sincero de supremo amor propio y por los colores no goce de la fama que se merece.

Por lo que al segundo gol (que fue el tercero) respecta, otro venenoso balón bombeado (tras meritorio sombrero de fantasía del atacante inglés Terry Dyson, que más parece Terrinho da Dyson a juzgar por esta acción) y el pobre Madinabeytia que no tenía su tarde antiaérea. El cuero se le cuela inexplicablemente y el arquero, quizás llevado por un arrebato casi místico, busca la valla del graderío para representar lo que bien sabía que le iba a caer por parte de prensa y aficionados: su propia crucifixión (de hecho, el diario ABC le culpó al día siguiente de liquidar todas la posibilidades de remontada colchonera con este fallo).

Pero aquellos tiempos no eran estos, y lo único que pasó fue que el Atleti había perdido una final 5-1 y el portero había estado flojete. Pronto se olvidó todo y la gente siguió con sus vidas. No hubo especiales postpartido, sesudos analistas especializados opinando sobre cómo se bloca un balón, miles de repeticiones en bucle de las jugadas malditas y una petición pública de disculpas a la hinchada por parte de Madinabeytia. En otras palabras, que no había horas y horas de televisión que rellenar. Por fortuna.

sábado, 16 de febrero de 2019

Real Madrid-Atlético de Madrid, sábado 19 de febrero de 1994.


Los tiempos convulsos son -en la vida y en el fútbol (que vienen a ser lo mismo)- épocas de desorden, atolondramiento y locura. Son, en suma, momentos de balones sueltos que cualquier oportunista remata a gol para convertirse en el héroe del pueblo.

Corría la temporada 1993-94 y el Real Madrid vivía su dolorosísimo Tardoquintadelbuitrismo, o sea, que la generación que tanta gloria le había dado al Club había entrado en una prematura decadencia nada más cumplir la treintena. El Barcelona llevaba conquistadas tres ligas seguidas e iba camino de la cuarta, con los blancos contemplando el espectáculo con cara de tontos.

Y en eso surgió Morales, el prometedor chaval de barrio que estaba marcando un montón de goles en el filial. Salió en el enfrentamiento contra el poderoso Superdepor y, maravilla de los cuentos de hadas balompédicos, mojó en debut soñado. El estadio entero -sediento de corear algo- correó su nombre. Luego vinó el Atleti, siguieron los problemas y de nuevo se tiró de Morales. La magia del deporte lanzó otro de su hechizos y, también de nuevo, Morales anotó el gol de la victoria. Otra vez gloria en forma de cánticos bernabeuenses (¡Moraaales, Moraaales!) y reportaje en la prensa especializada al día siguiente.

Entonces dieron la doce en el reloj de la Liga. Se acabó el hechizo. Morales se transformó en un delantero normalito que no volvió a ver puerta con la elástica del Real Madrid y se marchó al Sporting a final de temporada. Desde allí comprobó cómo un tal Raúl González Blanco resultaba ser la auténtica princesa blanca de aquel cuento.

En cualquier caso, Morales siempre será el perfecto ejemplo de aquello de "que me quiten lo 'bailaó'".

viernes, 8 de febrero de 2019

Cádiz-Barcelona, sábado 11 de mayo de 1991.


Fue la versión balompédica del cuento de El patito feo, sólo que este patito no resultó ser un bello cisne, sino un temible delantero centro. Óscar Alberto Dertycia -el Cocayo, Mister Proper- fue carne de burla y cuplé carnavalesco a su llegada a Cádiz. Nadie tomaba muy en serio a aquel tipo tan feo que se había quedado totalmente calvo por culpa del estrés generado por un grave lesión.

Entonces, contra todo pronóstico, aquel Cádiz que olía a Segunda Divisón empezó a reaccionar y, finalmente, se salvó. No poca culpa tuvo el concurso del Cocayo, traducido en entrega, pelea y goles. 

Permítante que recuerde el que le recetó al Barcelona, a aquel Barça altanero y orgulloso que se autodenominaba Dream Team, y que se llevó de Cádiz un póquer de goles encajados de recuerdo. Fue el 3-0. Maniobra de delantero puro, que se hace con el balón tras surgir como un ilusionista de la nada, sale pitando con el cuero y bate a Zubi con la sangre fría y eficacia de un sicario del narco.

¡Grande Dertycia! Sin duda, no será la última vez que se asome a este blog.

lunes, 28 de enero de 2019

Barcelona-Goteborg, miércoles 16 de abril de 1986.


(Por fortuna) la pasión futbolera no me ciega tanto el corazón como para que no le tenga un cierto cariño a jugadores del Eterno Rival. El malogrado don Francisco Javier González Urruticoechea (Urruti para los amigos y los enemigos) es uno de ellos (por mucho que fuera una de las bestias negras de mi infancia).

Resulta complicado negar la existencia del Destino después de echar un vistazo a la biografía de Urruti. Los penaltis -lo más parecido a un fusilamiento que encontrará en un terreno de juego- se volvieron una metáfora de su vida. Recuerdo pensar de pequeño:  "¡Qué difícil es meterle un penaty a este fulano! ¡Qué tío, siempre se tira para el lado bueno!" Sí, Urruti era especialista en amargarle la vida al valiente que se atrevía a retarle desde el punto fatídico.  Detuvo el chut ante el Valladolid que certificó la primera liga culé en muchos años ("Urruti, t'estimo", gritaba el narrador) y, al año siguiente, resultó clave en la tanda que permitió al Barcelona clasificarse para su primera final de la Copa de Europa en décadas. Precisamente, este es nuestro vídeo de hoy. Urruti detiene el disparo que habría supuesto la eliminación barcelonista y, un cuarto de siglo antes que CR7, realiza el famoso gesto de calma, calma. 

Y es ahora cuando empieza la tragedia: la final de la Copa de Europa ante el Steau de Bucarest se disputó el 7 de mayo. Cuatro días antes, el Barcelona había hecho oficial el fichaje de Andoni Zubizarreta para -casi con total seguridad- relegar a la suplencia a Urruti. Pero esto no le hundió el ánimo, todo lo contrario: de nuevo una tanda de penaltis, de nuevo Urruti deteniendo dos lanzamientos. Lástima que sus compañeros no fueran capaces de meter ni uno de los cuatro que intentaron.

Desde ahí, todo fue de mal a peor: suplencia, olvido y retiro. Años después, Urruti volvió a nuestras vidas como comentarista televisivo (flojito de expresión oral, las cosas como son). Hasta que llegó otra noche de final de la Copa de Europa, tanda de penaltis y negro desenlace. Aquella maldita madrugada del 24 de mayo de 2001 -horas después de que otro equipo de nuestra Liga se quedara a sólo once metros de la Orejona-, el Destino se le montó en el coche y le dijo -como Urruti tantas veces le había soltado desafiante al lanzador de turno-: "¡Tira, tira!"

El mismo Destino que también se le había subido al auto años ante al que fuera rival íntimo de Urruti al otro lado de los 11 metros. Pero esa es otra historia...

domingo, 20 de enero de 2019

España-Holanda, miércoles 16 de febrero de 1983.


Yo, de pequeño, quise ser heroico portero de fútbol (como todo el mundo). Por desgracia, pronto la aplastante realidad hizo que se me pasara la manía. Pero, en cualquier caso, la admiración por aquellos felinos de rápidos reflejos y majestuosos vuelos todavía me dura. Fue por eso que, a mis tiernos 9 añitos, no me entraba en la cabeza que en toda Holanda (que yo no sabía cómo era de grande, pero me figuraba que mucho) no tuvieran nadie más presentable (por más delgadito) que el tipo aquel.

Gordo, el portero de Holanda estaba hecho una foca, y aquello me producía indignación e hilaridad a partes iguales. Aunque también me enfadó lo suyo que nuestra Selección Española sólo fuera capaz de batir al rollizo de amarillo una vez y de penalty. El vídeo recoge el momento en que se produce tal pena máxima. La comete el propio arquero (Schrijvers, que no lo había presentado aún). Derriba al Lobito Carrasco, que lo ha sorteado después de que el guardameta se hubiera comido el amago con patatas e ido al suelo cual fardo. Su salto posterior para evitar al Lobito es casi tan antológico como torpón.

En cualquier caso, digamos en descargo del señor Schrijvers que ya calzaba 36 años de almanaque y que aquel fútbol, una vez más, no era el de ahora (pero, sospecho, la cerveza ya estaba igual de rica).

sábado, 5 de enero de 2019

Argentina-Holanda, domimgo 25 de junio de 1978.


Vuelve Rensenbrink a asomarse a este blog. Esta vez, como protagonista de una tragedia digna del mismísimo William Shakespeare. Muy posiblemente, se trata de una de las más descarnadas manifestaciones de la fatalidad que jamás se hayan visto sobre un terreno verde de juego: la final de toda una copa del mundo, minutos de descuento y el balón de la casi segura victoria que se te va al palo. No pudo ser, el partido se fue a la prórroga, donde la Argentina de Kempes acabó doblegando a los naranjas.

Es la despiadada ley del azar que -por mucho que nos duela- con demasiada frecuencia reina en el deporte, la que hace que un levísimo cambio en la posición del pie o una inoportuna ráfaga de viento marquen la diferencia entre la gloria y el olvido. De haber entrado el balón, se trataría del gol más importante de la historia del fútbol holandés y habría aupado a Rensenbrink a los altares de la leyenda balompédica, pero la acción se quedó en simple y dolorosa anécdota para alimentar blogs de aficionados.

¿Existe mayor crueldad que esa? ¿Cuántas veces habrá repasado Rensenbrink la jugada mentalmente, haciendo uno de esos ejercicios de nostalgia rabiosa y masoquista al que tan dados somos los seres humanos? Deseo de todo corazón que hayan sido bien pocas, tirando a ninguna.