sábado, 5 de enero de 2019

Argentina-Holanda, domimgo 25 de junio de 1978.


Vuelve Rensenbrink a asomarse a este blog. Esta vez, como protagonista de una tragedia digna del mismísimo William Shakespeare. Muy posiblemente, se trata de una de las más descarnadas manifestaciones de la fatalidad que jamás se hayan visto sobre un terreno verde de juego: la final de toda una copa del mundo, minutos de descuento y el balón de la casi segura victoria que se te va al palo. No pudo ser, el partido se fue a la prórroga, donde la Argentina de Kempes acabó doblegando a los naranjas.

Es la despiadada ley del azar que -por mucho que nos duela- con demasiada frecuencia reina en el deporte, la que hace que un levísimo cambio en la posición del pie o una inoportuna ráfaga de viento marquen la diferencia entre la gloria y el olvido. De haber entrado el balón, se trataría del gol más importante de la historia del fútbol holandés y habría aupado a Rensenbrink a los altares de la leyenda balompédica, pero la acción se quedó en simple y dolorosa anécdota para alimentar blogs de aficionados.

¿Existe mayor crueldad que esa? ¿Cuántas veces habrá repasado Rensenbrink la jugada mentalmente, haciendo uno de esos ejercicios de nostalgia rabiosa y masoquista al que tan dados somos los seres humanos? Deseo de todo corazón que hayan sido bien pocas, tirando a ninguna.

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