domingo, 30 de diciembre de 2018

Anderlecht-West Ham United, miércoles 5 de mayo de 1976.


Es de esas cosas que hoy en día se le consienten a un benjamín (y, si me apura, a un alevín) porque son muy críos, muy inocentes y están aprendiendo de qué va esto del fútbol. Si lo hace un infantil o un cadete, el entrenador le echa la bronca pedagógica de rigor, y de juvenil para arriba te puede costar hasta el cambio. Que te derriben dentro del área, en una final, con empate en el marcador y, en lugar de quedarte tirado en el suelo y presionar al árbitro con voces y aspavientos para que pite penalty, ponerte en pie de inmediato con la pérfida intención de seguir jugando, ¿en qué cabeza cabe tal locura?

Pues, por ejemplo, en la del holandés Rob Rensenbrink. Visto fríamente, es lo más lógico: si el árbitro ve penalty, lo va a pitar; y, si no, pues tengo un prometedor balón dentro del área. ¡Ah, ahí está la clave!, dar por supuesto que el colegiado señala lo que ve, con independencia de cualquier tipo de presión exterior.

Eran los 70 y todavía quedaban de ese tipo de futbolistas, de los que se dedicaban a jugar sin pensar en el árbitro, dando por hecho que es un tipo noble que va a tomar sus decisiones con honradez y de buena fe y al que, por tanto, no es lícito ni deportivo presionar.

Lo de siempre, que era otro fútbol, con otros futbolistas, otros aficionados, otra prensa (y, seguramente, también otros árbitros).

Por cierto, el propio Rensenbrink transformó la pena máxima y su equipo -el Anderlecht- acabó llevándose la Recopa por 4-2.

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