Partido de ida de cuartos de final de la Recopa del 83. El Real Madrid visita el siempre complicado feudo de su enemigo íntimo el Inter de Milán (Nerazzurri y Blancos se vieron las caras en cuatro eliminatorias entre 1981 y 1986, y siempre fue la madridista la que acabó sonriendo). La cosa va razonablemente bien para los intereses merengones (cero a cero), hasta que llega esta falta.
La calidad de la imagen es uvehacheísticamente (o sea, propia de una cinta de vídeo VHS) mala, pero parece que el árbitro indica con su brazo extendido en dirección al marco que la falta es directa. El caso es que Agustín -aquel ochentero guardameta madridista que le daba a la afición una de cal y cien de arena- parece entender lo contrario y no hace nada por conjurar el mansito disparo (casi hasta se aparta para que pase la bola). "¿Por qué?", me pregunté frustrado cuando vi el resumen del encuentro (los primeros ochenta fueron días de radio para el fútbol español, sólo se televisaba un partido los sábados). ¿Fue porque le dio miedo tocar el balón en su intento de atajarlo y, de ese modo, darle validez al gol? ¿Fue por la chulería y satisfacción de restregarle al contrario por la cara un "habéis metido gol, pero no vale, pringados, que era indirecta y no os habéis interado"? Sea como fuere, uno a cero abajo y carita de tontos.
A la postre, la tragedia se quedó en anécdota (el Madrid acabó pasando la eliminatoria, aunque terminó perdiendo la final con el Aberdeen. 1983 fue un año glorioso), pero la cantada de Agustín está expuesta en el museo de mis disgustos de infancia. Ahora entiendo que un empate a uno fuera es un buen resultado de partido de ida de eliminatoria, pero cuando eres un niño, todo lo que sea no ganar significa para ti una derrota. ¡Dichoso Agustín!
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