sábado, 22 de diciembre de 2018

Bayern de Múnich-Atlético de Madrid, viernes 17 de mayo de 1974.


Si se desconoce su contexto, estas sorprendentes imágenes harán que cualquier aficionado levante la ceja, se quede boquiabierto o incluso suelte un taco más o menos grueso. ¿Cómo es posible que, en el sagrado momento de su entrega, la Orejona pase de unas manos blancas (del Bayern de Múnich, por más señas) a otras de tan diferentes -y antagónicos- colores (los rojiblancos del Atlético de Madrid)? ¿Qué broma de pésimo gusto es esta? ¿Cuándo se ha visto una Copa de Europa entregada ex aequo a los dos finalistas? ¡Aquí un equipo se tiene que proclamar vencedor aunque haya que quedarse hasta las 2 de la mañana tirando penaltis!

En realidad, todos los jugadores pertenecen al club bávaro, que acaba de ganar el partido de desempate -lo de los penaltis todavía no se llevaba, aunque estaban a puntito- por 4-0 (en efecto, producto de aquel fatídico 1-1 con igualada postrimera de los alemanes). Terminado el choque, algunos futbolistas de ambos conjuntos se intercambiaron con naturalidad las camisetas y de esa guisa subieron los teutones a por su trofeo.

Hoy tales imágenes son absolutamente impensables: al director de márquetin y comunicación del club habría que chutarle tila en vena, los rugidos de ira de los patrocinadores se oirían a kilómetros de distancia y la fiel afición en general pediría de modo fulminante la cabeza de todos y cada uno de los jugadores que hubieran perpetrado un ultraje tan grave contra la entidad y su camiseta.

En cambio, en 1974 los jugadores alemanes y su hinchada estaban tan felices, que estaban levantando una Copa de Europa y eso es lo sustancial. Que se lo tengo dicho yo a usted, que era otro fútbol muy diferente...

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