Sí, es el partido del famoso gol de Zarra (junto con los goles de Marcelino e Iniesta, la Santísima Trinidad de la leyenda goleadora de nuestra Selección), pero no va de eso la cosa.
Va de un portero llamado Antoni Ramallets, que ese día paró lo suyo y más (ganándose el apodo del Gato de Maracaná). Pero tampoco tan soberbia actuación es lo principal.
Lo importante es que el partido se acababa y la cosa pintaba bien (mucho). Vamos, que se iba a pasar de fase y a quedar entre los cuatro primeros de todo un mundial. Así se lo indicaba Antoni a los periodistas situados detrás de su portería, mezclando -de modo enternecedor- el entusiasmo con la prudencia, sujetándose la euforia a duras penas. "¡Ya está casi, casi terminado! Pero tengamos cautela...", parece indicar con su gestos.
Hoy en día los futbolistas sólo buscan a las cámaras para dedicarles gestos ensayados, es parte del espectáculo del deportista profesional, del showman del deporte. Una danza coreografiada al milímetro para dominar las portadas de la prensa del día siguiente.
Pero lo de nuestro portero de aquel día es auténtico. No es Ramallets, es Antoni. Es el entusiasmo de un cadete que pasa de fase en la liga escolar, de un tío que ama al fútbol por lo que es, no por lo que le da.
No busquen este tipo de gestos en los terrenos de juego de hoy en día, no los encontrarán (el fútbol hace muchos años que le vendió la inocencia a un experto en mercadotecnia). Y, para colmo, los focos les dejarán deslumbrados durante un buen rato.
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