"¡¡¡Tira, tira, tira!!!" No hay nada más bello que sentir cómo las decenas de miles de personas que pueblan las gradas de un estadio se transforman en una mente, un corazón y un grito comunes. (Vale, si lo hay, pero usted ya me entiende).
Eso fue lo que pasó aquel día de febrero del 95, que todo el Bernabéu le imploró a gritos a Mikel Lasa que descartara montar el contraataque y se decantara directamente por el patadón letal. Lo hizo y, para el inefable éxtasis de los graderíos, aquel balón sobrepasó a un Unzúe entregado al ataque a la desesperada -sí, era ese Unzúe- y se coló en la portería sevillista. Era el 2-0. Fue, sin duda, la magia de los descuentos (los minutos añadidos no tienen término medio: o son de relleno y bostezo, o terreno abonado para las más intensas emociones). Cierto es que por aquel entonces no existía aún una rivalidad especial entre Madridismo y Palanganismo (el showman Miarma todavía no había llegado a su Chiringuito), por lo que el gol se celebró con fuerza por lo muy inusual de ejecución y ejecutante (y por el alivio que suponía, que el Sevilla estaba apretando fuerte).
Pero, más allá de que rubricara una victoria y dos puntos (sí, ha leído usted bien, hubo una época en que la victoria se premiaba con dos y no tres), le aseguró a Mikel Lasa su huequecito con vistas a la Historia en la memoria colectiva del Madridismo.
Al fin y al cabo, muy, muy pocos pueden presumir de haber anotado en el Bernabéu desde su propio campo (y un buen puñado de tíos tremendamente presumidos que usted y yo sabemos no están entre ellos).
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