sábado, 1 de diciembre de 2018

Real Madrid-Sevilla, domingo 5 de febrero de 1995.


"¡¡¡Tira, tira, tira!!!" No hay nada más bello que sentir cómo las decenas de miles de personas que pueblan las gradas de un estadio se transforman en una mente, un corazón y un grito comunes. (Vale, si lo hay, pero usted ya me entiende).

Eso fue lo que pasó aquel día de febrero del 95, que todo el Bernabéu le imploró a gritos a Mikel Lasa que descartara montar el contraataque y se decantara directamente por el patadón letal. Lo hizo y, para el inefable éxtasis de los graderíos, aquel balón sobrepasó a un Unzúe entregado al ataque a la desesperada -sí, era ese Unzúe- y se coló en la portería sevillista. Era el 2-0. Fue, sin duda, la magia de los descuentos (los minutos añadidos no tienen término medio: o son de relleno y bostezo, o terreno abonado para las más intensas emociones). Cierto es que por aquel entonces no existía aún una rivalidad especial entre Madridismo y Palanganismo (el showman Miarma todavía no había llegado a su Chiringuito), por lo que el gol se celebró con fuerza por lo muy inusual de ejecución y ejecutante (y por el alivio que suponía, que el Sevilla estaba apretando fuerte).

Pero, más allá de que rubricara una victoria y dos puntos (sí, ha leído usted bien, hubo una época en que la victoria se premiaba con dos y no tres), le aseguró a Mikel Lasa su huequecito con vistas a la Historia en la memoria colectiva del Madridismo.

Al fin y al cabo, muy, muy pocos pueden presumir de haber anotado en el Bernabéu desde su propio campo (y un buen puñado de tíos tremendamente presumidos que usted y yo sabemos no están entre ellos).

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