Cualquier madridista de bien inicia la temporada con dos objetivos: que el Real gane (objetivo de alegría) y que el Barcelona pierda (objetivo de alivio).
El martes -contra todo pronóstico- se cumplió el segundo. De modo comprensible (dados los tiempos que corren para pasársela a Jordi Alba, que me la devuelva y meter gol), hubo mucha más alegría que alivio en la filas merengues. No obstante, a mí se me vinieron a la mente las ocasiones en que el Barca fue eliminado un martes y el Madrid hizo lo propio al día siguiente. Por tanto, contuve la euforia y me fui al estadio con la mosca detrás de la oreja.
Mosqueado porque son muchos años de fútbol, y me olía la tostada de
nochecita de las de no hay manera de meterla, mientras que ellos te
rematan tres veces y te hacen cuatro goles (lo crean o no, es posible, A
los Navas me remito).
En el minuto 80, yo ya estaba resignado a que se iba a consumar la tragedia prometida: meteríamos gol en el 88, pero en el 91 Higuaín nos daría la puntilla con el golazo de su vida. "El fútbol tiene estas cosas, que son precisamente las que hacen de este presunto simple pasatiempo un vicio, posiblemente una enfermedad y acaso hasta una religión", pensaba.
Casi estaba en lo cierto: la Diosa del Fútbol había escrito un final memorable (en el idioma del fútbol, se pronuncia polémico) para el partido, pero -para variar- no el que yo había vaticinado. No importan los años de estadio que tengas, esta dama tan bella (o no) y tan cruel (o no) siempre será caprichosa e impredecible. Pero nunca decepcionante.
No sé si Buffon y Zidane se cruzaron las miradas cuando el arquero empredía el siempre duro camino hacia la puta calle, seguramente no, pero apuesto a que el Calvo ZZ recordó aquel partido del mundial del 2006 en el que él también había recorrido la misma pesadilla: la de saltar al campo con la ilusión de que te vas a despedir de este circo a lo grande, para luego irte a la caseta expulsado, derrotado y villano. Ni era el final que esperaban ninguno de los dos, ni mucho menos el que merecían sus trayectorias.
Pero es que la dichosa Diosa del Fútbol tiene estas cositas...
En el minuto 80, yo ya estaba resignado a que se iba a consumar la tragedia prometida: meteríamos gol en el 88, pero en el 91 Higuaín nos daría la puntilla con el golazo de su vida. "El fútbol tiene estas cosas, que son precisamente las que hacen de este presunto simple pasatiempo un vicio, posiblemente una enfermedad y acaso hasta una religión", pensaba.
Casi estaba en lo cierto: la Diosa del Fútbol había escrito un final memorable (en el idioma del fútbol, se pronuncia polémico) para el partido, pero -para variar- no el que yo había vaticinado. No importan los años de estadio que tengas, esta dama tan bella (o no) y tan cruel (o no) siempre será caprichosa e impredecible. Pero nunca decepcionante.
No sé si Buffon y Zidane se cruzaron las miradas cuando el arquero empredía el siempre duro camino hacia la puta calle, seguramente no, pero apuesto a que el Calvo ZZ recordó aquel partido del mundial del 2006 en el que él también había recorrido la misma pesadilla: la de saltar al campo con la ilusión de que te vas a despedir de este circo a lo grande, para luego irte a la caseta expulsado, derrotado y villano. Ni era el final que esperaban ninguno de los dos, ni mucho menos el que merecían sus trayectorias.
Pero es que la dichosa Diosa del Fútbol tiene estas cositas...
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