lunes, 28 de enero de 2019

Barcelona-Goteborg, miércoles 16 de abril de 1986.


(Por fortuna) la pasión futbolera no me ciega tanto el corazón como para que no le tenga un cierto cariño a jugadores del Eterno Rival. El malogrado don Francisco Javier González Urruticoechea (Urruti para los amigos y los enemigos) es uno de ellos (por mucho que fuera una de las bestias negras de mi infancia).

Resulta complicado negar la existencia del Destino después de echar un vistazo a la biografía de Urruti. Los penaltis -lo más parecido a un fusilamiento que encontrará en un terreno de juego- se volvieron una metáfora de su vida. Recuerdo pensar de pequeño:  "¡Qué difícil es meterle un penaty a este fulano! ¡Qué tío, siempre se tira para el lado bueno!" Sí, Urruti era especialista en amargarle la vida al valiente que se atrevía a retarle desde el punto fatídico.  Detuvo el chut ante el Valladolid que certificó la primera liga culé en muchos años ("Urruti, t'estimo", gritaba el narrador) y, al año siguiente, resultó clave en la tanda que permitió al Barcelona clasificarse para su primera final de la Copa de Europa en décadas. Precisamente, este es nuestro vídeo de hoy. Urruti detiene el disparo que habría supuesto la eliminación barcelonista y, un cuarto de siglo antes que CR7, realiza el famoso gesto de calma, calma. 

Y es ahora cuando empieza la tragedia: la final de la Copa de Europa ante el Steau de Bucarest se disputó el 7 de mayo. Cuatro días antes, el Barcelona había hecho oficial el fichaje de Andoni Zubizarreta para -casi con total seguridad- relegar a la suplencia a Urruti. Pero esto no le hundió el ánimo, todo lo contrario: de nuevo una tanda de penaltis, de nuevo Urruti deteniendo dos lanzamientos. Lástima que sus compañeros no fueran capaces de meter ni uno de los cuatro que intentaron.

Desde ahí, todo fue de mal a peor: suplencia, olvido y retiro. Años después, Urruti volvió a nuestras vidas como comentarista televisivo (flojito de expresión oral, las cosas como son). Hasta que llegó otra noche de final de la Copa de Europa, tanda de penaltis y negro desenlace. Aquella maldita madrugada del 24 de mayo de 2001 -horas después de que otro equipo de nuestra Liga se quedara a sólo once metros de la Orejona-, el Destino se le montó en el coche y le dijo -como Urruti tantas veces le había soltado desafiante al lanzador de turno-: "¡Tira, tira!"

El mismo Destino que también se le había subido al auto años ante al que fuera rival íntimo de Urruti al otro lado de los 11 metros. Pero esa es otra historia...

domingo, 20 de enero de 2019

España-Holanda, miércoles 16 de febrero de 1983.


Yo, de pequeño, quise ser heroico portero de fútbol (como todo el mundo). Por desgracia, pronto la aplastante realidad hizo que se me pasara la manía. Pero, en cualquier caso, la admiración por aquellos felinos de rápidos reflejos y majestuosos vuelos todavía me dura. Fue por eso que, a mis tiernos 9 añitos, no me entraba en la cabeza que en toda Holanda (que yo no sabía cómo era de grande, pero me figuraba que mucho) no tuvieran nadie más presentable (por más delgadito) que el tipo aquel.

Gordo, el portero de Holanda estaba hecho una foca, y aquello me producía indignación e hilaridad a partes iguales. Aunque también me enfadó lo suyo que nuestra Selección Española sólo fuera capaz de batir al rollizo de amarillo una vez y de penalty. El vídeo recoge el momento en que se produce tal pena máxima. La comete el propio arquero (Schrijvers, que no lo había presentado aún). Derriba al Lobito Carrasco, que lo ha sorteado después de que el guardameta se hubiera comido el amago con patatas e ido al suelo cual fardo. Su salto posterior para evitar al Lobito es casi tan antológico como torpón.

En cualquier caso, digamos en descargo del señor Schrijvers que ya calzaba 36 años de almanaque y que aquel fútbol, una vez más, no era el de ahora (pero, sospecho, la cerveza ya estaba igual de rica).

sábado, 5 de enero de 2019

Argentina-Holanda, domimgo 25 de junio de 1978.


Vuelve Rensenbrink a asomarse a este blog. Esta vez, como protagonista de una tragedia digna del mismísimo William Shakespeare. Muy posiblemente, se trata de una de las más descarnadas manifestaciones de la fatalidad que jamás se hayan visto sobre un terreno verde de juego: la final de toda una copa del mundo, minutos de descuento y el balón de la casi segura victoria que se te va al palo. No pudo ser, el partido se fue a la prórroga, donde la Argentina de Kempes acabó doblegando a los naranjas.

Es la despiadada ley del azar que -por mucho que nos duela- con demasiada frecuencia reina en el deporte, la que hace que un levísimo cambio en la posición del pie o una inoportuna ráfaga de viento marquen la diferencia entre la gloria y el olvido. De haber entrado el balón, se trataría del gol más importante de la historia del fútbol holandés y habría aupado a Rensenbrink a los altares de la leyenda balompédica, pero la acción se quedó en simple y dolorosa anécdota para alimentar blogs de aficionados.

¿Existe mayor crueldad que esa? ¿Cuántas veces habrá repasado Rensenbrink la jugada mentalmente, haciendo uno de esos ejercicios de nostalgia rabiosa y masoquista al que tan dados somos los seres humanos? Deseo de todo corazón que hayan sido bien pocas, tirando a ninguna.