domingo, 20 de enero de 2019

España-Holanda, miércoles 16 de febrero de 1983.


Yo, de pequeño, quise ser heroico portero de fútbol (como todo el mundo). Por desgracia, pronto la aplastante realidad hizo que se me pasara la manía. Pero, en cualquier caso, la admiración por aquellos felinos de rápidos reflejos y majestuosos vuelos todavía me dura. Fue por eso que, a mis tiernos 9 añitos, no me entraba en la cabeza que en toda Holanda (que yo no sabía cómo era de grande, pero me figuraba que mucho) no tuvieran nadie más presentable (por más delgadito) que el tipo aquel.

Gordo, el portero de Holanda estaba hecho una foca, y aquello me producía indignación e hilaridad a partes iguales. Aunque también me enfadó lo suyo que nuestra Selección Española sólo fuera capaz de batir al rollizo de amarillo una vez y de penalty. El vídeo recoge el momento en que se produce tal pena máxima. La comete el propio arquero (Schrijvers, que no lo había presentado aún). Derriba al Lobito Carrasco, que lo ha sorteado después de que el guardameta se hubiera comido el amago con patatas e ido al suelo cual fardo. Su salto posterior para evitar al Lobito es casi tan antológico como torpón.

En cualquier caso, digamos en descargo del señor Schrijvers que ya calzaba 36 años de almanaque y que aquel fútbol, una vez más, no era el de ahora (pero, sospecho, la cerveza ya estaba igual de rica).

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