La tragedia del gol en contra en una final resumida en 2 actos y 30 segundos. Por marco incomparable, el partido en el que se disputan la Recopa el vigente campeón Atlético de Madrid y los Spurs londinenses.
Ya están en ventaja de 1-0 los hijos de la Gran Bretaña cuando el calvo (en aquella época aún se podía vivir del fútbol con el cartón al aire) meta colchonero Edgardo Mario Madinabeytia Bassi (con un nombre tan vasco y tan italiano sólo se puede ser argentino) se traga el centro y la cosa termina en certero remate de un tal White (¡blanco, tenía que ser precisamente un blanco vestido de blanco!) Dos a nada. Madinabeytia descarga toda su impotente ira en forma de soberano sopapo contra el travesaño -quizás por no haber atraído como un imán al balón- mientras que Ramiro (creo que se trata de él), que sabe que el balón asesino le había pasado a centímetros de la cabeza y no fue capaz de desviarlo, se hunde de pura desesperación y se tira al suelo para echarse a llorar. Es una verdadera lástima que un gesto tan bello y sincero de supremo amor propio y por los colores no goce de la fama que se merece.
Por lo que al segundo gol (que fue el tercero) respecta, otro venenoso balón bombeado (tras meritorio sombrero de fantasía del atacante inglés Terry Dyson, que más parece Terrinho da Dyson a juzgar por esta acción) y el pobre Madinabeytia que no tenía su tarde antiaérea. El cuero se le cuela inexplicablemente y el arquero, quizás llevado por un arrebato casi místico, busca la valla del graderío para representar lo que bien sabía que le iba a caer por parte de prensa y aficionados: su propia crucifixión (de hecho, el diario ABC le culpó al día siguiente de liquidar todas la posibilidades de remontada colchonera con este fallo).
Pero aquellos tiempos no eran estos, y lo único que pasó fue que el Atleti había perdido una final 5-1 y el portero había estado flojete. Pronto se olvidó todo y la gente siguió con sus vidas. No hubo especiales postpartido, sesudos analistas especializados opinando sobre cómo se bloca un balón, miles de repeticiones en bucle de las jugadas malditas y una petición pública de disculpas a la hinchada por parte de Madinabeytia. En otras palabras, que no había horas y horas de televisión que rellenar. Por fortuna.