domingo, 24 de febrero de 2019

Tottenham Hotspur-Atlético de Madrid, miércoles 15 de mayo de 1963.




La tragedia del gol en contra en una final resumida en 2 actos y 30 segundos. Por marco incomparable, el partido en el que se disputan la Recopa el vigente campeón Atlético de Madrid y los Spurs londinenses.

Ya están en ventaja de 1-0 los hijos de la Gran Bretaña cuando el calvo (en aquella época aún se podía vivir del fútbol con el cartón al aire) meta colchonero Edgardo Mario Madinabeytia Bassi (con un nombre tan vasco y tan italiano sólo se puede ser argentino) se traga el centro y la cosa termina en certero remate de un tal White (¡blanco, tenía que ser precisamente un blanco vestido de blanco!) Dos a nada. Madinabeytia descarga toda su impotente ira en forma de soberano sopapo contra el travesaño -quizás por no haber atraído como un imán al balón- mientras que Ramiro (creo que se trata de él), que sabe que el balón asesino le había pasado a centímetros de la cabeza y no fue capaz de desviarlo, se hunde de pura desesperación y se tira al suelo para echarse a llorar. Es una verdadera lástima que un gesto tan bello y sincero de supremo amor propio y por los colores no goce de la fama que se merece.

Por lo que al segundo gol (que fue el tercero) respecta, otro venenoso balón bombeado (tras meritorio sombrero de fantasía del atacante inglés Terry Dyson, que más parece Terrinho da Dyson a juzgar por esta acción) y el pobre Madinabeytia que no tenía su tarde antiaérea. El cuero se le cuela inexplicablemente y el arquero, quizás llevado por un arrebato casi místico, busca la valla del graderío para representar lo que bien sabía que le iba a caer por parte de prensa y aficionados: su propia crucifixión (de hecho, el diario ABC le culpó al día siguiente de liquidar todas la posibilidades de remontada colchonera con este fallo).

Pero aquellos tiempos no eran estos, y lo único que pasó fue que el Atleti había perdido una final 5-1 y el portero había estado flojete. Pronto se olvidó todo y la gente siguió con sus vidas. No hubo especiales postpartido, sesudos analistas especializados opinando sobre cómo se bloca un balón, miles de repeticiones en bucle de las jugadas malditas y una petición pública de disculpas a la hinchada por parte de Madinabeytia. En otras palabras, que no había horas y horas de televisión que rellenar. Por fortuna.

sábado, 16 de febrero de 2019

Real Madrid-Atlético de Madrid, sábado 19 de febrero de 1994.


Los tiempos convulsos son -en la vida y en el fútbol (que vienen a ser lo mismo)- épocas de desorden, atolondramiento y locura. Son, en suma, momentos de balones sueltos que cualquier oportunista remata a gol para convertirse en el héroe del pueblo.

Corría la temporada 1993-94 y el Real Madrid vivía su dolorosísimo Tardoquintadelbuitrismo, o sea, que la generación que tanta gloria le había dado al Club había entrado en una prematura decadencia nada más cumplir la treintena. El Barcelona llevaba conquistadas tres ligas seguidas e iba camino de la cuarta, con los blancos contemplando el espectáculo con cara de tontos.

Y en eso surgió Morales, el prometedor chaval de barrio que estaba marcando un montón de goles en el filial. Salió en el enfrentamiento contra el poderoso Superdepor y, maravilla de los cuentos de hadas balompédicos, mojó en debut soñado. El estadio entero -sediento de corear algo- correó su nombre. Luego vinó el Atleti, siguieron los problemas y de nuevo se tiró de Morales. La magia del deporte lanzó otro de su hechizos y, también de nuevo, Morales anotó el gol de la victoria. Otra vez gloria en forma de cánticos bernabeuenses (¡Moraaales, Moraaales!) y reportaje en la prensa especializada al día siguiente.

Entonces dieron la doce en el reloj de la Liga. Se acabó el hechizo. Morales se transformó en un delantero normalito que no volvió a ver puerta con la elástica del Real Madrid y se marchó al Sporting a final de temporada. Desde allí comprobó cómo un tal Raúl González Blanco resultaba ser la auténtica princesa blanca de aquel cuento.

En cualquier caso, Morales siempre será el perfecto ejemplo de aquello de "que me quiten lo 'bailaó'".

viernes, 8 de febrero de 2019

Cádiz-Barcelona, sábado 11 de mayo de 1991.


Fue la versión balompédica del cuento de El patito feo, sólo que este patito no resultó ser un bello cisne, sino un temible delantero centro. Óscar Alberto Dertycia -el Cocayo, Mister Proper- fue carne de burla y cuplé carnavalesco a su llegada a Cádiz. Nadie tomaba muy en serio a aquel tipo tan feo que se había quedado totalmente calvo por culpa del estrés generado por un grave lesión.

Entonces, contra todo pronóstico, aquel Cádiz que olía a Segunda Divisón empezó a reaccionar y, finalmente, se salvó. No poca culpa tuvo el concurso del Cocayo, traducido en entrega, pelea y goles. 

Permítante que recuerde el que le recetó al Barcelona, a aquel Barça altanero y orgulloso que se autodenominaba Dream Team, y que se llevó de Cádiz un póquer de goles encajados de recuerdo. Fue el 3-0. Maniobra de delantero puro, que se hace con el balón tras surgir como un ilusionista de la nada, sale pitando con el cuero y bate a Zubi con la sangre fría y eficacia de un sicario del narco.

¡Grande Dertycia! Sin duda, no será la última vez que se asome a este blog.