sábado, 16 de febrero de 2019

Real Madrid-Atlético de Madrid, sábado 19 de febrero de 1994.


Los tiempos convulsos son -en la vida y en el fútbol (que vienen a ser lo mismo)- épocas de desorden, atolondramiento y locura. Son, en suma, momentos de balones sueltos que cualquier oportunista remata a gol para convertirse en el héroe del pueblo.

Corría la temporada 1993-94 y el Real Madrid vivía su dolorosísimo Tardoquintadelbuitrismo, o sea, que la generación que tanta gloria le había dado al Club había entrado en una prematura decadencia nada más cumplir la treintena. El Barcelona llevaba conquistadas tres ligas seguidas e iba camino de la cuarta, con los blancos contemplando el espectáculo con cara de tontos.

Y en eso surgió Morales, el prometedor chaval de barrio que estaba marcando un montón de goles en el filial. Salió en el enfrentamiento contra el poderoso Superdepor y, maravilla de los cuentos de hadas balompédicos, mojó en debut soñado. El estadio entero -sediento de corear algo- correó su nombre. Luego vinó el Atleti, siguieron los problemas y de nuevo se tiró de Morales. La magia del deporte lanzó otro de su hechizos y, también de nuevo, Morales anotó el gol de la victoria. Otra vez gloria en forma de cánticos bernabeuenses (¡Moraaales, Moraaales!) y reportaje en la prensa especializada al día siguiente.

Entonces dieron la doce en el reloj de la Liga. Se acabó el hechizo. Morales se transformó en un delantero normalito que no volvió a ver puerta con la elástica del Real Madrid y se marchó al Sporting a final de temporada. Desde allí comprobó cómo un tal Raúl González Blanco resultaba ser la auténtica princesa blanca de aquel cuento.

En cualquier caso, Morales siempre será el perfecto ejemplo de aquello de "que me quiten lo 'bailaó'".

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